Sobre software libre

Todes somos consumidores de software, al menos en el «mundo desarrollado». Usamos software para organizarnos, para escribir, para interactuar con otres escritores, con les lectores, para enviar manuscritos a editoriales… Pero raramente sabemos lo que consumimos, nos conformamos con lo que nos ponen delante de los ojos y no nos preocupamos de si existe un movimiento social —sí, social y político, ¡agárrate las pestañas, que se te caen!—, relacionado con el desarrollo, consumo y mantenimiento del software que utilizamos.

En los capítulos 8 y 10 del podcast, sobre software y otras herramientas para escritores, mencionamos varias veces los recursos open source. ¿Por qué es esto relevante?

Entremos en calor con este cuento para reflexionar: El derecho a leer, de  Richard Stallman, gurú del movimiento «software libre».

Un pellizco de historia

El movimiento del software libre nace en los 80, cuando el equipo de Stallman pone solución a los problemas de una impresora. Al llevar esta solución a la compañía propietaria, esta responde que mimimí o, mejor dicho, «mío mío mío». La empresa prefiere seguir vendiendo un producto defectuoso a que alguien que no es la propia empresa lo arregle.

Como consumidora, esta actitud me ofende, quiero consumir calidad; como persona con interés en el crecimiento social y tecnológico, la encuentro aberrante porque es meterle la zancadilla al desarrollo.

El señor este, como cualquiera en la comunidad desarrolladora de los 70, estaba acostumbrado a crear y mejorar cosas sin mimimís, pero alguien pensó que si se ponen restricciones y se le obliga a la gente a pagar por todo, les álguienes se forran más y eso les mola.

Al señoriño no le molaba, le parecía un abuso y un obstáculo a la creatividad, la innovación y el crecimiento. Pero los gobiernos querían cooperar con privatistas, y en los 90 la imposición de restricciones sobre el software se había normalizado en España y en otros sitios. Aún existiendo alternativas no restrictivas —y gratuitas—, las instituciones, empresas y administración exigían con frecuencia formatos privativos, obligando a la ciudadanía, aspirantes y usuaries a utilizar un sistema Windows con el paquete ofimático de Microsoft (MS en adelante), todo cerrado y todo de pago. 

Los medios nos bombardean con falacias desinformadoras y nosotres las vamos interiorizando. En general, asumimos que no hay más opciones que Windows y el paquete ofimático de MS, y facilitamos la universalización de estos productos. Pero una minoría de rebeldes insiste en utilizar otras herramientas y en mantenerlas accesibles para que toda la comunidad, rebelde o no, tenga alternativas.

EEUU llevó a MS a juicio acusada de monopolio. Allá por el 2006, MS hace su declaración de no persecución de sus patentes (se medio baja de la burra).
Les llevó todavía dos años abrir la documentación de sus formatos y, cuando lo hicieron, no hubo ningún cataclismo económico. La consecuencia fue que los rebeldes de antes ya podían guardar sus trabajos, currrículos y etcéteras en el formato de MS sin tener que elegir entre delinquir (el famoso pirateo) o meter en sus máquinas un software incompatible con sus sistemas operativos y que no necesitaban, salvo cuando gobiernos y empresas se ponen privatistas y o te lo comes o no pasas.

Código libre y código abierto

Es frecuente que utilicemos estos términos con ligereza. Lo hemos estado haciendo a lo largo del capítulo 8, donde al hablar de software para escritores, referimos reiteradamente al software de código abierto (open source). Cuando Ana nos dice, en el capítulo 10, que Calibre y Sigil son programas de código abierto, yo puntualizo «y libres».

El código abierto es un código que cualquiera puede ir a mirar y ver cómo es, y es uno de los requisitos del software libre. Todo el software libre es de código abierto, pero no todos los softwares de código abierto son también libres.

Software libre es, además, uno de los niveles de libertad del movimiento de cultura libre, que defiende el progreso transparente y participativo aspirando a una sociedad colaborativa donde la cultura, el conocimiento y la tecnología están a disposición del pueblo. Todes, cualquiera, podemos aportar nuestro granito de arena de forma que la demanda de les consumidores se suple por les consumidores.

Logo histórico del IDPF. Diseño de Ralph Burkhardt.

En el capítulo 10 Ana nos da un ejemplo de esta forma de trabajar cuando habla de los estilos de formato para epub. Al existir epubs libres, no necesitas saber mucho del lado técnico, basta con que tengas unas nociones básicas y la herramienta adecuada. Si todos los epub fuesen privativos, no podrías hurgar en ellos; o podrías ver los estilos (código abierto), pero no usarlos (producto restrictivo), o podrías usarlos bajo determinadas condiciones según las licencias.

Una herramienta restrictiva podría ofrecerte unos estilos básicos y exigir pagos extra para paquetes de estilos especiales, por ejemplo; o dejar de dar soporte a Linux hace mil años y demorar la versión 3 de Windows para siempre jamás —sí, claro que hablo de Scrivener en el segundo caso—.

La contradicción de les consumidores

Pese a las falacias privatistas, la cultura libre no está reñida con el pago de servicios ni con el reconocimiento de la autoría. Tu trabajo es tuyo. Y tu trabajo se paga, aportas al tesoro común con tus impuestos. La gratuidad no es un objetivo en sí, sino una consecuencia del criterio de accesibilidad, que prefiere la oferta gratuita, el pago social o el pago voluntario.

Yo uso software libre porque comulgo con esta filosofía que, como cualquier asunto complejo, tiene aspectos discutibles. También porque me encantan los proyectos colaborativos, tengo espíritu comunitario y es mi naturaleza anteponer la cooperación a la competición. Encima pago lo que me da la gana ¡y cuando me peta!

Pero mis prioridades no son siempre las mismas. Hay recursos libres que uso más porque no puedo —o no quiero— pagar por ese servicio que porque sean libres, y hay recursos restrictivos que compro o alquilo aunque existan alternativas libres (uso Windows y MS a pesar del monopolio estrangulador).

En cualquier caso, decido qué consumir sabiendo que tengo alternativas.
Espero que tú también las busques y que tengas más criterio al elegir tus herramientas.

Entre los argumentos falaciosos se encuentra la idea de que «lo libre» es, en realidad, una cultura del «todo gratis», el consumir por la cara sin dolor y sin razón. Sin embargo, en mi experiencia ocurre lo contrario. Las personas que rechazan «lo libre» por ser una tontada de caraduras irresponsables —o el mal supremo que hunde la economía y amenaza el bienestar social—, son también las personas que hacen el consumo más irresponsable de estos productos, se arrojan al software libre porque es gratuito, no por todo lo que supone, y le sacan todo el jugo que pueden sin más miramientos. Y sin pagar un duro.

Las personas con ideología libre tendemos a pagar por ese software que otres interpretan «gratuito» y lo hacemos a través de donaciones voluntarias. Buscamos, activa y conscientemente, dónde y cómo aportar para este o aquel proyecto. Nos importa tanto que sentimos que no damos suficiente, porque recibes mucho más de lo que aportas —evoco la generosidad de la que hablaba el señor Bibisco en el capítulo 8—.

Por supuesto, la problemática es más compleja de lo que yo he expuesto, pero si has llegado hasta aquí y te he despertado las inquietudes morales, ya tienes material para investigar por tu cuenta.

En La palabra errante nos apoyamos en recursos libres: almacenamos en Archive.org, usamos Audacity para editar el audio, grupos de Telegram para crear comunidad y para organizarnos… 

Disfrutar del servicio y, aún pudiendo, no aportar nada me parece una actitud parasítica. Por eso tengo muy en cuenta el software que utilizo y los proyectos a los que quiero destinar mis donaciones. También por eso escribo esta entrada, para invitarte a darle dos pensadas, porque seguramente utilizas productos con diversos grados de libertad y no has pensado seriamente que alguien tiene que haberlo creado, y alguien lo está manteniendo, y alguien necesita tu colaboración para que puedas seguir consumiéndolos.

Si no estás ya pensando en tu lista de proyectos libres a los que apoyar, ¿a qué esperas?

Marta Vidal

Me pusieron el nombre de una alimaña y no deseo vengarme. Pasé la treintena cumpliendo cuarenta cada año porque era más fácil. Y ¡yo qué sé!, escribo en español, siento en gallego y vivo en inglés.
Goodreads, Twitter, Facebook.

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